LA DERROTA DE BUSH


Por Sergio Sarmiento
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La irresponsabilidad financiera terminó por costarle a George W. Bush la conclusión de un proyecto político de largo plazo. Al contrario de su padre, quien fue derrotado por Bill Clinton en 1992 en su intento de reelección, Bush hijo logró ser reelecto en 2004. Pero el propósito de tener a un sucesor de su propio partido, no sólo para continuar su labor sino para cuidar su papel histórico, ha caído por tierra de manera estrepitosa.

Las encuestas señalan que hasta hace apenas dos meses los dos principales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos estaban razonablemente parejos. La elección se definió entre septiembre y octubre, cuando Obama tomó una ventaja ya definitiva como consecuencia de la crisis financiera.

Los electores estadounidenses han sido tradicionalmente muy sensibles a las fluctuaciones de la economía. Nunca el partido en el poder ha conservado la Casa Blanca en un año de recesión. Hoy la recesión apenas está empezando, pero los votantes han entendido perfectamente bien lo que se avecina en términos económicos.

La crisis financiera, por lo pronto, ha sido brutal. Las bolsas de valores de Estados Unidos perdieron entre diciembre del 2007 y octubre del 2008 el 40 por ciento de su valor. En otros países del mundo esto quizá no habría tenido grandes consecuencias. Pero un enorme porcentaje de los estadounidenses son tenedores de acciones, ya sea de manera directa o a través de fondos de inversión. Esto significa que millones de estadounidenses, suficientes para cambiar el rumbo de una elección, han perdido un porcentaje muy importante de su patrimonio en los últimos meses. Esto definió su voto.

Tradicionalmente los estadounidenses que tienen acciones bursátiles han apoyado a los candidatos del Partido Republicano, que en esta elección postuló a John McCain a la presidencia. Una posición conservadora usualmente le llama la atención a quienes tienen recursos que cuidar. En esta ocasión, sin embargo, los electores se percatan de que el desastre financiero es en buena medida consecuencia de la irresponsable política fiscal del presidente Bush.

Fue este jefe del ejecutivo quien, a través de un persistente déficit de presupuesto, desequilibró las finanzas del país, en tanto que su trabajo destructivo se pudo llevar a cabo gracias a una Reserva Federal que inyectó dinero y expandió el crédito de manera irresponsable también a lo largo de los años del mandato de Bush.

Hoy los electores han castigado a Bush al negarle la posibilidad de contar con un sucesor de su propio partido. También lo han cuestionado al convertirlo en el presidente menos popular en la historia reciente del país. El legado histórico de Bush quedará manchado ya de manera definitiva.

Obama le debe su elección a esta crisis financiera. Como presidente de los Estados Unidos tendrá ahora que tomar medidas para cambiar el rumbo de la economía. El nuevo mandatario no podrá simplemente continuar con las políticas económicas que han endeudado a los Estados Unidos y han provocado la actual crisis financiera. Esto le obligará, por lo pronto, a buscar tener un presupuesto más equilibrado, como lo hizo Bill Clinton, quien en los años noventa equilibró el presupuesto y promovió la mayor expansión económica en toda la historia reciente del país. Obama no puede ser una simple imitación de Clinton, pero sí debe entender la destrucción que la irresponsabilidad fiscal puede causar en una economía.


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Columna: Jaque Mate