VIOLINES STRADIVARIUS

Cápsula 136 del 19 de Febrero de 2005

Investigación y Guión: Conti González Báez



Los violines Stradivarius son los más preciados instrumentos musicales del mundo. Entre los cerca de 600 ejemplares que aún se conservan, hay algunos valorados en más de 21 millones de pesos, es decir, más de cien veces de lo que costaría el más perfecto ejemplar artesano moderno y más de diez mil veces que los procedentes de fabricaciones industrializadas.

Llevan el nombre de su creador, Antonio Stradivarius, quien llevó su oficio de constructor de instrumentos, en especial de violines, a su máxima perfección. El secreto de su incomparable maestría sigue siendo difícil de explicar y nadie hasta el momento ha sido capaz de igualarle.

Antonio Stradivari, más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, nació en 1644, en Cremona, Italia.

Los violines fascinaban al pequeño Antonio, que soñaba con llegar a ser un gran músico. Se afanaba mucho por aprender a tocar el violín, pero sus dedos no eran suficientemente livianos y ágiles. Los sonidos que producían eran duros y toscos. La gente decía: "Tiene un oído de músico y unas manos de tallador de madera".

Antonio olvidó la idea de llegar a ser un gran músico, pero no abandonó al violín. Pasó horas mirando sus violines. Los desarmó y estudió cómo estaban hechos. Luego los desechó porque no tenía dinero para comprar otros. De cualquier manera, quería tener un violín muy bueno, no cualquier violín. Quería aprender a hacer la mejor clase de violines.

A los 14 años inició su aprendizaje con el famoso luthier Nicolás Amati. El término francés luthier procede del vocablo luth que quiere decir laúd, un instrumento de origen árabe que fue adoptado por la aristocracia europea convirtiéndose en uno de los más aceptados de la música culta.

En principio, el término se utilizó para designar a todos los artesanos dedicados a la fabricación de instrumentos, pero luego se utilizó más concretamente para los creadores de los instrumentos de cuerda.

A partir del Renacimiento, el oficio del luthier empezó a ganar importancia con el auge de la música instrumental. Los hacedores de instrumentos, antes vinculados a oficios como el de la carpintería o ebanistería, empezaron a ganar maestría y el oficio se convirtió en un arte que ameritaría un estudio formal.

El oficio llegó a su esplendor en los siglos XVII y XVIII, cuando países como Alemania, Francia, España e Italia produjeron innumerables escuelas y talentos. Pero ninguno como los de Amati, Guarnieri y Stradivarius, los hasta hoy insuperables cremonenses cuyas manos construyeron los mejores instrumentos de cuerda del mundo.

Al principio, como alumno del Amati, Antonio Stradivarius hacía trabajos ordinarios, de reparación, así como mandados para el fabricante de violines. Activo y voluntarioso, el jovencito Stradivarius se hizo querer pronto por los compañeros del taller y por el maestro.

Después de años de estudio y arduo trabajo, aprendió muchas cosas, hasta que finalmente se le permitió que hiciera un violín solo. El joven de 17 años trabajó cuidadosamente. Cuando lo terminó, su violín sonaba tan bien como el de su maestro. Todos se quedaron asombrados de la rapidez con que había aprendido.

Sus primeros violines eran ya instrumentos perfectos, pero no se notaba todavía en ellos esa genialidad y esa intuición que más tarde harán de Stradivarius el más apreciado “fabricante de armonías” de todos los tiempos.

A los 20 años de edad, Antonio conoció a una joven que se había quedado viuda, Francisca Ferraboschi, con quien se casó tres años después, el 4 de julio de 1667, siendo uno de los pocos sucesos biográficos registrados del artista. Como muchos hombres geniales, Stradivarius fue un hombre sencillo, modesto y taciturno, que sólo pensaba en su familia y su trabajo.

De todas partes de Italia llegaban al taller del fabricante cremonés de violines docenas y docenas de pedidos. Amati, ya viejo, no podía cumplir personalmente con todos, por lo que sus jóvenes discípulos realizaban gran parte del trabajo, especialmente Antonio, al que consideraba el mejor. Cuando el violín, perfecto, estaba listo, la etiqueta que se ponía en el interior de la caja llevaba todavía el nombre del anciano maestro.

Tuvieron que pasar varios años, hasta 1670, para que en los instrumentos del genial alumno apareciera el letrero prestigioso: “Antonius Stradivarius Cremonensis Faciebat anno... ” (Antonio Stradivari de Cremona, fabricado hacia el año... ), seguido de la fecha de fabricación. Desde hace 200 de años, los coleccionistas y músicos esperan tener ese letrero en algún violín de su propiedad.

Stradivarius perfeccionó la elegancia de la forma, variando las dimensiones de los instrumentos. Entre 1680 y 1700 los instrumentos que construía eran modelos alargados y ligeramente estrechos. A partir de 1700 ya no aparecieron variaciones. Alcanzó una perfección que ha sido motivo de minucioso examen y estudio, particularmente en lo que atañe al fenómeno de la sonoridad. Sólo él reúne las cualidades de todos sus predecesores: fuerza, dulzura, poder y expresión.

Es precisamente entre 1700 y 1725 cuando construyó sus más preciados violines; se calcula que construiría alrededor de 13 al año. Son cerca de 350 instrumentos, a los que hay que añadir centenares de ellos fabricados antes y después de este periodo.

A partir de 1680, a los 36 años, el pupilo se independizó. El patio de su casa se convirtió en su taller. A lo largo del mismo, pendían de hilos bellos violines, esperando a que secara el barniz que los cubría, mismos que lucían singulares modificaciones que dieron lugar a los aún insuperables modelos de sus instrumentos.

Alto, de complexión esbelta y con el rostro delgado, casi siempre con un gorro de lana cubriendo su cabeza, Stradivarius trabajaba sin cesar en un interesante proceso de creación que comenzaba trazando los contornos exteriores de los instrumentos con los moldes apropiados de madera, de los que se han encontrado 19 ejemplares.

Después, elegía escrupulosamente las maderas, empleando el arce para el fondo, los lados, el mástil, la cejilla y el puente, cortando de manera que se obtuviera el mayor número de canales resinosos, que son mejores conductores del sonido. Para el fondo del violín usaba álamo o tilo; en cambio, para la tapa empleaba abeto y para las partes interiores, sauce.

También, en las terminaciones, Stradivarius era lo más cuidadoso y exigente posible. Reanudando una antigua costumbre, adornaba el mástil, los lados, las clavijas y la cejilla de los instrumentos más preciosos con un delicado trabajo de incrustación de nácar, marfil y ébano o almáciga negra.

Después de realizado el proceso anterior, les ponía un barniz misterioso, del que sólo él sabía la fórmula, compuesto de resinas, colores vegetales y otros ingredientes, entre ellos la llamada sangre de dragón, sustancia gomosa y roja obtenida del fruto de una palmera malaya que Marco Polo trajo del Oriente. Su barniz, de un tono más intenso que el utilizado por Amati, conseguía proteger al instrumento y reforzar sus cualidades sonoras.

Cuando llegó a los cuarenta años, Antonio Stradivarius ya era famoso por sus violines. No era para menos. Jamás, hasta ese momento, se habían visto violines de forma más armoniosa y de semejante sonoridad. Personas de todo el mundo le encargaban instrumentos.

Entre la gente más culta de Europa, surgió una auténtica pasión por adquirir instrumentos fabricados por el artesano cremonés y uno de los regalos más gratos que un príncipe o un monarca de aquellos tiempos podía recibir era, precisamente, un Stradivarius.

A su taller llegaban embajadas de los monarcas de toda Europa a encargarle la construcción de instrumentos. El Rey de Inglaterra le encargó al maestro la construcción de un quinteto completo y el Rey de España Carlos II, hizo lo mismo, el cual se encuentra guardado en el Palacio Real de Madrid. El Gran Duque de Toscana, Cosme III de Médici le solicitó toda una serie de instrumentos y más tarde el Rey de Polonia, Augusto, le encargó la construcción de doce violines para su orquesta.

Contrariamente a lo que les sucedía a algunos otros artistas que obtuvieron reconocimiento hasta después de su muerte, Stradivarius desde su madurez gozó de fama extraordinaria, no sólo en Italia sino en el mundo entero.

Cuando Antonio tenía 54 años, murió su esposa Francisca, madre de sus cinco primeros hijos. Al año siguiente volvió a casarse con Antonia María Zambelli, con quien procreó seis hijos más.

Sacar adelante a una familia tan numerosa no resultaba fácil, aún siendo Stradivarius y teniendo como clientes a príncipes y reyes. Sin dejar su oficio de artesano, al cual no sacaba tanto provecho económico, el maestro se dedicaba al mismo tiempo al comercio de bienes inmuebles y otros negocios, para asegurar una educación decorosa a sus hijos.

El célebre luthier de Cremona no sólo confeccionó violines, violas y violonchelos; también hizo arpas, cítaras y guitarras. Una vez hizo una guitarra que estaba adornada con tiras de marfil incrustadas en la madera, de manera que parecía estar revestida de seda rayada; en los huecos por donde salía el sonido, dibujó y pintó flores. Hoy en día sobreviven dos guitarras suyas.

Antonio Stradivarius firmó su último violín a los 92 años de edad. Tras haber tenido una fructífera y longeva existencia, murió en 1737, a los 93 años, dejando 1,100 instrumentos entre violines, violonchelos y violas.

De su vasto patrimonio de arte al mundo, han llegado hasta nuestros días 540 violines, 12 violas y 50 violonchelos, que son los instrumentos de arco más perfectos que existen, firmados con su sello: una cruz de Malta con las iniciales A.S, encerradas en un doble círculo.

Los continuadores y herederos de la gran obra de Antonio Stradivarius fueron sus dos hijos, Francesco y Omobono, que siempre trabajaron junto a él.

Existen diversas hipótesis para explicar la superioridad acústica de los Stradivarius, siendo la más popular el uso de un barniz mágico cuya fórmula se habría perdido tras la muerte del artesano. Cuenta la leyenda que la escribió en una página de la Biblia familiar, que fue destruida por uno de sus descendientes para que el secreto no cayera en manos de extraños.

Otras se refieren al mimo en el secado de la madera, la posibilidad de que se sometiera a un lavado previo o que los insecticidas con que se protegían de la carcoma mejoraran inesperadamente sus propiedades sonoras. En los últimos 150 años, numerosos científicos han intentado explicarla.

El Dr. Colin Gough, investigador de la Universidad de Birmingham del Reino Unido, en un artículo titulado "Ciencia y Stradivarius", analiza la forma en que un violín funciona, las características físicas de los sonidos, sus frecuencias, las resonancias o armónicos, la relación detallada de los variados componentes de la geometría del instrumento, la tensión de las cuerdas y otros elementos de la Física.

También se dedica a las características de los materiales utilizados, especialmente la madera, su tratamiento en remojo, su envejecimiento, su humedecimiento interno, el ajuste de cada componente y la discusión sobre el papel que juega el barniz sobre la calidad del instrumento.

Para el Dr. Gough, las investigaciones realizadas con microscopio electrónico y fotografía ultravioleta descartan la existencia de un secreto en la composición del barniz, por lo que su opinión es que la Ciencia no ha encontrado todavía una propiedad medible que sirva para diferenciar los violines de Cremona de los hechos por expertos artesanos actuales.

No opina así el Dr. Joseph Nagyvary, un químico húngaro que es catedrático en la Universidad de Texas, quien se interesó por los violines desde su juventud en Zurich, cuando sus primeras prácticas las realizó en un violín que había pertenecido a Albert Einstein.

Observó los terribles efectos de las termitas sobre muebles e instrumentos musicales en el Norte de Italia, mientras que los Stradivarius no solían sufrir estos daños. Ello le llevó a la búsqueda de las posibles sustancias insecticidas usadas en el pasado con efectos acústicos, lo que le condujo a descubrir el bórax, insecticida y endurecedor de la madera, que produce un sonido más brillante; fungicidas, como la resina gomosa de los árboles frutales y polvo de vidrio triturado, usado como antitermita.

Para Nagyvary, el secreto radica en unos violines perfectamente construidos, usando maderas con un tratamiento previo prolongado de remojo que facilitaba la apertura de sus poros y, de forma fundamental, en el tratamiento final de la madera con una mezcla equilibrada y adecuada de las tres sustancias citadas.

El Doctor Nagyvary está reproduciendo estos procedimientos para fabricar violines y, como prueba de su acierto, alega que en diversas audiciones realizadas por especialistas y virtuosos, éstos no han logrado distinguir entre un Stradivarius y un violín Nagyvary.

Por su parte, los científicos Lloyd Burckle, de la Universidad de Columbia y Henri Grissino-Mayer, de la Universidad de Tennessee, han propuesto una novedosa explicación para comprender el porqué los famosos violines Stradivarius, así como algunos otros construidos a finales del siglo XVII y principios del XVIII, son superiores en cuanto a sonido.

Para estos dos investigadores, podría explicarse teniendo en cuenta el clima que imperaba en Europa y quizá en buena parte del mundo entre los años 1645 y 1715.

Conocida como el Mínimo de Maunder, esta era se caracterizó por una notable escasez de manchas solares y por una reducción de la actividad de nuestra estrella. Ello propició un considerable declive en las temperaturas que ha sido bautizado como "Pequeña Edad del Hielo", un período de frío intenso que afectó sobre todo a Europa Occidental.

Los largos inviernos y fríos veranos durante este período de 70 años produjeron madera de lento y regular crecimiento, con anillos estrechos en los troncos de los árboles de los bosques europeos, propiedades muy deseables para la producción de instrumentos sonoros de gran calidad.

Stradivari nació precisamente un año antes del comienzo del Mínimo de Maunder. Él y otros fabricantes utilizaron la única madera disponible, de los árboles que crecieron durante esa era.

Burckle y Grissino-Mayer sugieren que la existencia de anillos estrechos en la madera no sólo hacía más fuertes los violines, sino que además incrementaba la densidad de la madera empleada.

Actualmente no existen las condiciones climáticas con las temperaturas que se produjeron en aquella época, y por lo tanto, la madera que emplean los mejores constructores de violines no posee las mismas características.

A 288 años de su muerte, Antonio Stradivarius sigue guardando su secreto, mientras que sus violines son atesorados por los mejores violinistas del mundo y cambian de manos por cifras millonarias.



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