COATLICUE, COYOLXAUHQUI Y HUITZILOPOCHTLI

Cápsula 303 del 10 de Mayo de 2008

Investigación y Guión: Conti González Báez



Foto: Sergio Ley


Según la mitología azteca, Coatlicue era la diosa de la vida y la muerte. Su nombre significa "la de la falda de serpientes". También se le llamaba Tonantzin, "nuestra muy venerable madre", y Teteoinan, "madre de los dioses".

Se le representaba usando una falda de serpientes y un collar de corazones, arrancados de las víctimas de los sacrificios humanos, de los cuales siempre estaba sedienta.

Era madre de los Centzon Huitznáhuac o Cuatrocientos Surianos, dioses de las estrellas del Sur, así como de la diosa Coyolxauhqui, que regía a sus hermanos.

Coatlicue estaba viviendo en Coatepec, por el rumbo de Tula, donde hacía penitencia; tenía a su cargo barrer. Una vez, mientras barría, cayó del cielo un hermoso plumaje, que ella recogió y colocó en su seno. Cuando terminó de barrer, buscó la pluma que había guardado, pero no la encontró. En ese momento, quedó embarazada.

Al saber los Cuatrocientos Surianos que su madre estaba encinta, se enojaron mucho. Lo consideraron una afrenta. Su hermana Coyolxauhqui, cuyo nombre significa "la de los cascabeles en el rostro", les dijo que, efectivamente, los había deshonrado y debían matarla.

Coatlicue se espantó y se entristeció mucho. Pero su hijo Huitzilopochtli, que estaba en su seno, le decía: "No temas, yo sé lo que tengo que hacer". Sus palabras la consolaron, calmaron su corazón y la tranquilizaron.

Mientras tanto, Coyolxauhqui incitaba y avivaba la ira de los Cuatrocientos Surianos, que se aprestaron para la guerra. Pero uno de ellos, Cuahuitlicac, era falso con sus hermanos. Lo que decían, enseguida iba a comunicárselo a Huitzilopochtli.

Resueltos a acabar con su madre, los Cuatrocientos Surianos se pusieron en movimiento. Guiados por Coyolxauhqui, iban ataviados y guarnecidos para la guerra, marchando en orden.

Cuahuitlicac subió a la montaña, para decirle a Huitzilopochtli: "Ya vienen", describiendo la posición de los guerreros hasta que llegaron a la cumbre.

En ese momento nació Huitzilopochtli, cuyo nombre significa "Colibrí Siniestro". Ya adulto, tomó su escudo de plumas de águila, sus dardos y su lanza-dardos de turquesa.

Pintó sus piernas y brazos de azul, dibujando en su rostro franjas diagonales. Sobre su cabeza colocó plumas finas, se puso sus orejeras y en su pie izquierdo se calzó una sandalia cubierta de plumas.

Con el fuego de la serpiente hecha de teas Xiuhcoatl, que obedecía a Huitzilopochtli, éste hirió a Coyolxauhqui y le cortó la cabeza en la ladera de Coatépetl, "la montaña de la culebra".

El cuerpo de la diosa rodó hecho pedazos; por diversas partes cayeron sus manos, piernas y cuerpo. Su furioso hermano arrojó su cabeza al cielo y ella se convirtió en la Luna.

Huitzilopochtli, también el dios Sol, persiguió a los Cuatrocientos Surianos, desde la cumbre de Coatépetl hasta el pie de la montaña. En vano se revolvían contra él; nada pudieron hacer, no pudieron defenderse.

Muchos le rogaban, diciéndole; "Basta ya". Sólo unos cuantos pudieron escapar de su saña y librarse de la muerte, dirigiéndose hacia el Sur y convirtiéndose en estrellas.

Cuando Huitzilopochtli les dio muerte y sació su ira, les quitó sus atavíos y adornos; se los apropió e hizo de ellos sus propias insignias.

Considerado un portento por ser concebido sólo con la pluma fina que cayó en el vientre de Coatlicue, Huitzilopochtli ocupaba un lugar principal en la mitología azteca, incluso delante de su madre.

Lo veneraban, le hacían sacrificios y lo servían. Huitzilopochtli recompensaba a quien así obraba. Era una divinidad de horror y sangre, en cuyo honor se levantaron majestuosos templos en el centro de Tenochtitlán y se efectuaron sangrientos sacrificios humanos.

El propósito de los sacrificios a Huitzilopochtli era darle vigor para que pudiera subsistir en su batalla diaria y lograr que el Sol volviera a salir en el siguiente ciclo de 52 años.

Después de cinco siglos de permanecer oculta, en febrero de 1978 reapareció "la de los cascabeles en el rostro". El monolito de Coyolxauhqui fue descubierto por una cuadrilla de trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, en la esquina de las calles de Guatemala y Argentina, en el Centro de la Ciudad de México.

Su verdadero descubrimiento, es decir, su identificación científica, fue realizada por 17 investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Portentosa, entera, enigmática, allí estaba la pieza de piedra ovalada con vestigios azules, rojos y negros, más de 3 metros de diámetro y un peso de 20 toneladas.

El monolito fue tallado y colocado al pie de la escalinata del adoratorio de Huitzilopochtli, en el Templo Mayor de Tenochtitlán, durante el reinado de Axayácatl, entre 1469 y 1481.

Las investigaciones arqueológicas que Coyolxauhqui generó fueron los descubrimientos del Templo Mayor, que dieron paso al proyecto arqueológico más importante de México.

En tres décadas, ha permitido la exploración de aproximadamente 13,500 metros cuadrados, donde se ubicaron los restos del principal edificio mexica y de otras 14 construcciones. Hasta la fecha, se han recuperado 147 ofrendas con más de 13,000 objetos.

Entre los resultados del proyecto está la apertura de la zona arqueológica en 1982 y la creación del Museo del Templo Mayor en 1987, sede también de un importante centro de investigación.

Para festejar el 30° aniversario del descubrimiento, se presenta una exposición retrospectiva en el Museo del Templo Mayor. Incluye aproximadamente 90 piezas, algunas nunca antes vistas; gráficos, videos y el monolito original de Coyolxauhqui, bajo luces especiales que recrean su cromática primaria, compuesta por rojo, ocre, azul, blanco y negro.

¡Vale la pena visitarla!




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